Mi marido trabajó muchos años en comercio exterior para una multinacional dueña de una flota de cruceros.
Si bien él trabajaba en la naviera, en el área comercial, no tenía nada que ver directamente con los cruceros. Sin embargo, la compañía les daba a sus empleados la posibilidad de llevar a clientes o familiares a visitar los enormes barcos cuando paraban en Buenos Aires.
Fue así que, con menos de 30 años y una niña pequeña, fuimos a cenar por primera vez a un crucero. Recorrimos todos los espacios y soñamos, por primera vez, que algún día zarparíamos. Que viviríamos la experiencia real y completa.
Pasaron más de 10 años y, estas vacaciones, mi marido —con quien llevo 22 años juntos— me sorprendió con un mini crucero desde Miami a las Bahamas. Tres días en alta mar.
Al comienzo sentí felicidad, pero apenas subí al barco me invadió una sensación de abrumamiento. Eran tantas las posibilidades, las actividades a bordo, las comidas, los siete pisos, los 300 metros de largo… tanta gente de todo el mundo, música, shows, juegos, piscinas. No habían pasado ni dos horas y ya sentía que el tiempo corría demasiado rápido, que el ascensor se llenaba y no podíamos subir ni bajar. Me ahogué.
Pero volví a mis pensamientos, respiré y acepté que no íbamos a poder hacer todo, pero que había que elegir qué cosas sí. Que no podíamos rendirnos sin haber comenzado.
Las cosas comenzaron a fluir. Nos anotábamos en la aplicación que Royal Caribbean ofrece, donde podés agendarte en algunas actividades, reservar en otras, así como en los restaurantes. La aplicación, obviamente, es de gran ayuda.
Sin dudas, la experiencia superó lo que había imaginado. Volvería a hacerlo, ya con más información y con esta primera vivencia como aprendizaje.
Lo que me terminó de enseñar el crucero es que, ante tantas posibilidades maravillosas, siempre hay que elegir qué cosas sí y qué cosas no. Elegir el camino. Porque querer hacerlo todo corriendo no tiene sentido; no lograríamos disfrutar de nada. Y así es en la vida misma, fuera del crucero.
Siempre nos podemos sentir así, abrumados. Lo mejor es parar, respirar, pensar y elegir. Sabiendo que estamos aprendiendo.
Todo el tiempo, en esta vida, estamos aprendiendo y eligiendo caminos.























